CAPITALISMO

      Y EMANCIPACIÓN NACIONAL Y SOCIAL

      DE GÉNERO

      Iñaki Gil de San Vicente


      5.- MUJER, OBEDIENCIA Y NACION:

      Desde que Aristóteles dijo que el coraje del hombre se demuestra cuando manda y el de la mujer cuando obedece, se oficializó un principio básico que se ha mantenido a lo largo de toda la administración del poder por las clases dominantes. La sumisión y la obediencia de la mujer ha sido una necesidad de las clases dominantes para asegurar su continuidad. Pero ha sido también un principio incuestionable que ha moldeado el sistema de pensamiento penocéntrico y con él la totalidad de construcciones culturales supeditadas a la lógica patriarcal. Desde esta perspectiva, hay que realizar un radical cuestionamiento de la entera sociedad capitalista, incluidos los restos que en ella subsistente legados por anteriores modos de producción. En esta dialéctica de lo viejo, lo permanente y lo nuevo, que también se produce en las relaciones entre el capitalismo y modos anteriores, una cosa que permanece es el principio aristotélico de obediencia de la mujer. Es cierto que adquiere formas diferentes en cada época, pero desde entonces su esencia permanece inalterable o al menos eso pretenden los hombres.

      La mujer debe ser obediente en todo momento y lugar, aunque depende de la época que sus formas concretas sean más o menos estrictas, explícitas e incondicionales sino que, siempre en los contextos de resistencia y lucha reivindicativa de la mujer, pueden rebajarse según se conquistan derechos y libertades de cualquier tipo. Sin embargo, es en las cuestiones decisivas para las clases dominantes en donde a la mujer se le exige una obediencia estricta, aunque no lo parezca. Hemos visto con algún detalle, aunque no el necesario, los mecanismos de obediencia que el capitalismo impone a la mujer tanto en el trabajo doméstico como en el trabajo asalariado, ambos analizados dentro de una totalidad en la que la opresión y la dominación abarca también a las prácticas simbólicas, sexuales, afectivas, etc. Pero cometeríamos un serio error si no comprendiéramos que en lo esencial y definitorio del poder político sucede otro tanto, pero que esa obediencia es también invisibilizada con el mito ideológico de la "madre patria", que no de la "tierra madre", que es otra cosa totalmente diferente. En definitiva, nos estamos refiriendo a que la sumisión de la mujer en el capitalismo se difumina en la nada, "desaparece" como si no existiera gracias a la ideología de la nación como imagen de la madre idealizada por la familia patriarco-burguesa. Una de las deficiencias insuperables del reformismo, incluido el feminista, es que no supera esta imagen y la subsume e integra en los ambiguos e interclasistas "derechos de ciudadanía".

      5-1).- MERCANCÍA, VALOR DE CAMBIO Y NACION PATRIARCAL:

      Antes de que se impusiera el modo de producción capitalista, la mujer ya era una "mercancía". De hecho, el intercambio de mujeres en las sociedades tribales preclasistas tenía la función no sólo de establecer alianzas duraderas, evitar conflictos y disputas violentas, sino también asegurar un rápido aumento de natalidad mediante la "compra" de mujeres jóvenes por tribus a las que alguna calamidad había puesto en riesgo de ver peligrosamente mermada su fuerza de trabajo colectiva. El desarrollo de la agricultura sedentaria aumentó la naturaleza de "mercancía" de la mujer, tanto por su fuerza de trabajo en el campo y su capacidad para engendrar descendencia, como por sus "prestaciones sexuales" en culturas en las que se había pasado del uso de la agresividad colectivamente controlada para resolver las disputas, a la organización de la violencia en formas de conflictos sangrientos, paso anterior a la invención de la guerra en sentido moderno, cosa que ocurre precisamente cuando ya se han establecido definitivamente las relaciones de opresión y subordinación patriarcal. Así, a lo largo de un período que aproximadamente va del 3100 al 600 antes de nuestra era, se sientan las bases definitivas para hacer de la mujer una "mercancía" que posteriormente el capitalismo explotará al máximo.

      Pero no es una mercancía cualquiera. Es una mercancía que siente, piensa y actúa. Sin embargo, también sienten, piensan y actúan los esclavos, siervos y obreros, que empero tienen un precio menor o cualitativamente diferente al de la mercancía mujer. La razón hay que buscarla en la cualidad única de esta mercancía, la de producir vida, que no sólo sexo, porque sexo y placer también lo producen los esclavos, siervos y obreros. Esa extraordinaria y única conjunción de cualidades hacen de la mujer una mercancía especialmente valiosa, única, al menos mientras los hombres no hayan dominado el secreto de la procreación. Y es su valía la que justifica todos los sistemas de control y vigilancia que se le imponen debido a sus capacidades productivas, o dicho en otros términos, los propietarios de la mercancía llamada mujer, los padres y el sistema patriarco-burgués, toman especiales precauciones para que esa mercancía tenga un alto valor de cambio alto, lo que le exige a su vez disponer de un valor de uso apreciable. Tanto para adquirir uno como otro es imprescindible la obediencia de la mujer.

      En toda sociedad patriarcal, la identidad colectiva está en función de los intereses del género dominante, de los hombres, y cuando esa sociedad es patriarco-clasista, está en función de los hombres de esa clase dominante. Así se comprende que los hombres intercambien a las mujeres, las vendan y las compren, las presten o las cedan como pago de botín de guerra y de las indemnizaciones que ha impuesto el vencedor, y también que toleren con harta frecuencia sus violaciones y raptos por los hombres ocupantes. Desde esta constante histórica, se comprende definitivamente que la sexualidad machista tenga un inequívoco componente utilitarista y mercantilista de la mujer, pues, en el fondo, existe una muy estrecha relación entre el valor de uso y de cambio de una mujer y el proceso de formación del dinero como equivalente universal, que históricamente surgió después de la "mercantilización" de la mujer y fue la base de la posterior expansión del dinero a partir de la experiencia adquirida por los hombres en el intercambio de mujeres. Esa experiencia es una de las bases de la síntesis social que se expresó desde entonces en la ontología, axiología y epistemología penocéntrica.

      La conversión de la mujer en propiedad privada machista es la base histórica de la conversión de otras cosas en propiedad privada de la clase dominante, y cuando esa mujer y esas cosas deben intercambiarse, una de las formas constitutivas del equivalente universal, del dinero, fue la mujer. De esta forma la colectividad de hombres que ya en ese nivel de desarrollo social dominan e imponen la síntesis social, la definición oficial que se impone a sí mismo esa colectividad, es inseparable de la mercantilización de la mujer. Así se comprende que muchas religiones pongan a la mujer como celestial recompensa a los guerreros muertos en combate, y que todas las costumbres machistas toleren o aprueben las violaciones de las mujeres de los pueblos vencidos por los hombres vencedores. Del mismo modo, muchas sociedades "desarrolladas" silencian, ocultan, toleran o apenas penalizan los abusos y agresiones sexuales de los hombres sobre las mujeres, excepto cuando son propiedad oficial de otro hombre. Esa relación entre sexo y dinero o acumulación en el capitalismo es la que explica la brutal agresividad de los hombres cuando ven en peligro sus privilegios machistas. Igualmente, se comprende así que en los sistemas patriarco-clasistas, las identificaciones colectivas sólo tengan en cuenta a las mujeres como valores de uso propio y valores de cambio para con otros pueblos. De mismo modo, en el sistema patriarco-burgués, la nación es una construcción masculina en la que la mujer sólo tiene la opción de la obediencia.

      Bajo la dominación capitalista es imposible que exista una nación no patriarcal porque ese mismo modo de producción no se habría desarrollado sin la subsunción y transformación simultánea de algunas relaciones patriarcales del feudalismo, que no de todas. Incluso la burguesía ha adecuado con especial cuidado para su interés patriarco-clasistas valores del pasado más misógino y machista como, por ejemplo, ideologías y prácticas militaristas que hacen del honor reaccionario y de la obediencia ciega al mando una seña de identidad en la que el desprecio a la mujer es garantía de la heroicidad en el combate. Hoy sabemos por la antropología feminista y crítica, que estos mismo valores estaban presentes en sociedades preburguesas e incluso preclasistas, como en tribus guerreras de territorios no civilizados, es decir, todavía no aplastados irrecuperablemente por la mercantilización capitalista. Hemos puesto este ejemplo porque la historia del capitalismo tampoco hubiera sido igual sin el papel decisivo de los Estados y de sus aparatos militares, y porque, sobre todo, ese militarismo contenía desde muy antiguo una tendencia evolutiva que anunciaba algunas de las características posteriores del capitalismo, como ya advirtió Marx en su momento. Otro ejemplo que encima tiene una relación intrínseca con el anterior en la que no podemos extendernos, es el de los diferentes rechazos del machismo burgués a las prácticas homosexuales y lesbianas según las circunstancias, casos e intereses en juego, pero no rompiendo nunca el cordón umbilical que ata la ideología heterosexual dominante a la opresión de la mujer y al mito de la "madre patria", es decir, a un mito que exige para sobrevivir que la mujer sea la paridora de suficiente, obediente y fanática carne de cañón.

      Estos y otros ejemplos nos remiten en última instancia al valor de uso de la mujer como paridora del sistema patriarco-burgués, y por ellos mismo y sobre todo, a su valor de cambio en el mercado de la producción de una estructura psíquica de masas disciplinada para morir resignadamente por la acumulación capitalista. Las cuatro formas más frecuente de morir por la burguesía en el capitalismo desarrollado -terrorismo machista y/o patronal, expulsión de la fuerza de trabajo social obsoleta haya sido doméstica y/o asalariada del sistema sanitario eficiente, accidentes por la aceleración caótica de la temporalidad capitalista impuesta por la necesidad de acortar el tiempo de rotación del capital, y por último, asesinatos por las represiones y en las guerras injustas- son inseparables de la estructuración material y simbólica de la nación patriarco-burguesa. Pensamos que conviene insistir en que esas cuatro formas de matar a la gente nos remiten con anterioridad incluso a la mercantilización de la mujer como paridora y formadora de la estructura psíquica de masas alienadas y, por tanto, en cuanto mercancía, a su valor de cambio en un capitalismo que hiperindustrializa absolutamente todo, incluido el mito de la nación interclasista amenazada en su bienestar, en su capital acumulado y en su capacidad de producción por la creciente competencia interimperialista.


      5-2).- Desalienación de la mujer y crisis de la masculinidad.

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